Los objetivos, las metas y los sueños son constantes en la vida, la gasolina, la motivación y la única razón quizás, por la que un alma puede dejar de ser de piedra y comienza a intentar la autosuperación. Sin embargo, en la complejidad del espíritu humano y en una confusión que nos hace siempre mucho daño, tomamos los objetivos y los sueños y los mezclamos con otros factores ajenos a lo que está a nuestro alcance. ¿A qué me refiero? A la eterna mezcolanza que hacemos de objetivos, apegos, metas, sueños y caprichos, cuyo logro confundimos con la verdadera felicidad. Somos felices realmente cuando logramos pasar un curso académico con una buena nota, cuando obtenemos un reconocimiento por nuestro trabajo, cuando conseguimos una oportunidad laboral interesante o cuando se nos abren las puertas a nuevas experiencias que pueden resultar muy enriquecedoras. Sin embargo, esa felicidad, legítima, por ser fruto del esfuerzo y de la superación personal, tendemos a confundirla con la sensación d...
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